Este fin de semana pasado, hemos conocido que dos youtubers se grabaron lanzando comida desde un coche a personas que, supuestamente, vivían en las calles de Valencia, para hacerse eco de ello posteriormente en las redes sociales. Es imposible no sentir cierta perplejidad frente a este tipo de comportamientos. ¿Qué pretendían? Aunque en un primer momento nos pueda parecer que este tipo de actuaciones se realizan desde un cierto desconocimiento, pero con buena voluntad, en realidad, resultan denigrantes para las personas y colectivos que son objeto de estas y especialmente cuando se busca espectacularizar la pobreza y convertirla en un entretenimiento. Sin ninguna duda, este tipo de comportamientos refuerzan estereotipos perjudiciales que solo sirven para acrecentar la aporofobia en nuestras sociedades.

Tratar de esta forma a personas que viven en la calle o se encuentran en una situación de extrema pobreza y necesidad implica necesariamente un componente de deshumanización y desposeerlas de la dignidad inherente a cualquier ser humano. Establecemos una distancia simbólica: son los otros, los que no son como nosotros, los que merecen nuestras migajas (o una bolsa de magdalenas lanzada desde un coche). Bajo esta visión, claramente aporofóbica, desposeemos también a las personas de su capacidad para decidir sobre sus propias necesidades y cómo cubrirlas. Sus necesidades son las que nosotros suponemos y decidimos.

Pero este fin de semana también hemos tenido una buena noticia: la movilización de la ciudadanía contra la aporofobia es la mejor barrera contra este tipo de prácticas y discursos. Por ello, agradecemos la reacción ciudadana que ha mostrado su rechazo al enfoque que tenían los vídeos, lo que ha llevado a sus autoras a retirarlos y también a generar un debate público sobre ellos.

Debemos desterrar la aporofobia en todas sus formas, también la presuntamente bondadosa, y trabajar contra el sinhogarismo, la pobreza y la exclusión desde un enfoque derechos. Los poderes públicos, los medios de comunicación y las organizaciones del Tercer Sector especializadas tenemos la responsabilidad de transmitir al conjunto de la sociedad que las personas que sufren una situación de sinhogarismo o de extrema pobreza son titulares de derechos y merecen un trato digno y humano. Esto sólo se consigue si incorporamos en la agenda social una lucha sin cuartel contra el sinhogarismo y como sociedad llegamos al acuerdo global de que no es aceptable que haya personas viviendo en la calle.

La pobreza y la exclusión social son características de sociedades que no garantizan los derechos humanos y un reflejo de problemas estructurales que debemos combatir de forma integral a través de políticas públicas eficaces y dotadas de suficientes recursos. Estos esfuerzos deben complementarse también con una acción decidida de todos los actores sociales con la Agenda 2030 y con el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, uno de ellos dedicado específicamente al fin de la pobreza.

Esto nos permitirá estar cada vez más cerca de sociedades verdaderamente democráticas en las que se garanticen los derechos humanos. También de quienes están en los márgenes de nuestras ciudades.